Claves para mirar un Kandinsky

Una muestra en el Centro Cibeles de Madrid incluye un centenar de obras que reflejan la evolución del artista ruso.

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Dicen que el arte no hay que entenderlo, sino sentirlo. Pero igual que una canción de Bob Dylan se disfruta más cuando se sabe lo que dice la letra, hay cuadros abstractos que necesitan traducción. La exposición sobre Kandinsky que puede verse desde el pasado día 20 y hasta el 28 de febrero en el espacio Centro Cibeles de Madrid es un buen ejemplo de eso. Un centenar de obras servirán para demostrar cómo el artista ruso complica progresivamente sus pinturas, desde los inicios como paisajista post-impresionista hasta las composiciones más extremas de su madurez. Éstas son las cinco claves para enfrentarse a un Kandinsky abstracto y no rendirse en el intento.

1. Retratar sentimientos

Kandinsky distingue entre el mundo exterior, lo que vemos, y nuestro mundo interior, el alma humana y las emociones. A lo largo de la Historia se ha usado la pintura figurativa para retratar el ámbito visible pero, según Kandisky, la misión del arte debe ser transmitir los sentimientos que se esconden en el mundo espiritual. Sin embargo, para hacerlo se encuentra con una gran dificultad: ¿cómo plasmar visualmente algo que es invisible? Necesita inventar un nuevo lenguaje: el arte abstracto.

El artista ruso decide entonces eliminar todas las formas que recuerdan al mundo exterior (objetos, animales y personas) porque, asegura, son innecesarias: «Igual que un músico puede reproducir sus sentimientos sobre el amanecer sin utilizar los sonidos del canto de un gallo, el pintor dispone de medios puramente pictóricos para dar forma a sus impresiones de la mañana sin necesidad de pintar un gallo». Según su teoría, en cuanto vemos una cosa, por ejemplo un barco, nos resulta ya imposible dejar de pensar en ese objeto y nuestra imaginación no va más allá. Sin embargo, ante una forma abstracta que no nos recuerda a nada, nuestra mente es libre de imaginar lo que queramos y concentrarnos en los sentimientos que nos provoca. Kandinsky pintó muchas obras figurativas antes de darse cuenta de que los objetos le sobraban. Lo descubrió de casualidad, cuando se quedó maravillado con un cuadro desconocido que encontró en su estudio: «Me dirigí rápidamente hacia aquella misteriosa pintura, en la cual sólo distinguía formas y colores, y cuyo tema era incomprensible. Pronto descubrí la clave del enigma: era uno de mis lienzos puesto de lado y apoyado sobre la pared. Al día siguiente traté de revivir a la luz matinal la impresión que experimentara la víspera frente al cuadro. Pero sólo lo logré a medias. Aun estando de costado, no dejé de reconocer los objetos y faltaba el bello fulgor del crepúsculo. Ahora ya estaba seguro de que el objeto perjudicaba a mis pinturas».

2. Colores que se oyen, huelen, tocan y saborean

Los colores son el elemento fundamental para transmitir emociones porque, según Kandinsky, los percibimos con los cinco sentidos: no sólo los podemos ver, sino que además los escuchamos, olemos, sentimos e incluso saboreamos. Basándose en estudios de la época y experimentos que hacía con sus alumnos, elaboró una clasificación de los colores y las correspondientes sensaciones que producen. En el extremo más frío está el azul: suena profundo, en un tono bajo y con un ritmo lento, tiene un olor balsámico, sabe dulce, resulta suave pero gélido al tacto y, en general, provoca un estado de ánimo calmado y reflexivo. En el lado contrario, coloca al amarillo: su sonido es agudo, alto y rápido; de olor y sabor picante, tacto caliente y afilado, inspira al espectador a acciones espontáneas y afectivas. El rojo está a medio camino de los anteriores: produce una música tranquila, de volumen y ritmo medio, olor fuerte, tacto duro y temperamento reflexivo.

De la combinación de estos tres colores primarios va obteniendo todos los demás, con su correspondiente mezcla de ‘personalidades’ que permiten al artista transmitir emociones hasta entonces inalcanzables.

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3. Las formas

Además de colores, el otro ingrediente fundamental de los cuadros de Kandinsky son las formas. Hay tres tipos, cada una con un ‘sonido interno’: el punto, la línea y los planos (que pueden ser rectángulos, triángulos, círculos o formas libres).

El punto es el elemento más simple y por eso transmite concisión, claridad, precisión y energía. La línea no es más que la marca que deja un punto al moverse por el lienzo, así que da sensación de dinamismo. Si esa raya es horizontal dejará una impresión fría pero cuanto más se incline hacia la vertical, mayor será el calor que irradie y más temperamental resultará el cuadro.

Luego están el triángulo (forma que se mueve como un cuchillo, transmitiendo agresividad y rapidez), el círculo (sinónimo de solemnidad, estabilidad y trascendencia) y el rectángulo (que puede congelar o abrasar el cuadro, dependiendo de si sus líneas horizontales frías son más largas que las verticales calientes). Según Kandinsky, la relación de unas formas con otras dentro del cuadro provoca efectos espectaculares: «El impacto del ángulo agudo de un triángulo sobre un círculo produce un efecto no menos poderosos que el del dedo de Dios tocando el dedo de Adán en la obra de Miguel Ángel».

Normalmente, las formas se corresponden con unos colores determinados, pues ambos tienen el mismo carácter: los ‘agresivos’ triángulos tienden a ser amarillos (el color más temperamental e impulsivo), los majestuosos círculos suelen tener apacibles azules y a los rectángulos, más neutros, los viste generalmente de rojo. Pero con Kandinsky nada resulta fácil y las combinaciones pueden ser infinitas dependiendo de lo que quiera comunicar: así un cuadrado puede perder su neutralidad para ‘atacar’ al espectador con un amarillo más intenso o un triángulo llegar a moderar sus impulsos cubriéndose con un relajante azul.

4. Música

Una vez que tenemos los dos elementos principales, color y formas, ya podemos hacer música con ellos. Aunque Kandinsky nunca pretendió plasmar en imágenes composiciones musicales ya existentes o crear nuevas, sí traslada la fuerza expresiva y evocadora de las melodías a la pintura.

Los colores son los sonidos y cada uno se corresponde, según su carácter, con un instrumento concreto: el amarillo es una trompeta; el azul oscuro, un violonchelo; el violeta, una gaita; el verde, un violín; el blanco, el silencio; y el negro, el punto final de la composición.

Para darle ritmo a esos sonidos, el artista ruso utiliza las formas: si hay muchas líneas juntas, el ritmo es rápido y vibrante; si hay sólo una muy larga, la melodía se vuelve monótona y pausada. Un punto sería una nota solitaria y varios de ellos juntos, como un repicar. El volumen e intensidad de la melodía lo marcan el mayor o menor tamaño de las formas y la saturación de los colores.

Kandinsky identificaba sus cuadros con la música hasta tal punto que comparaba el trabajo del pintor con el de un intérprete: «El color es la tecla. El ojo, el macillo. El alma es el piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que, por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente el alma humana». Pero que nadie piense que la «música visual» de Kandinsky era melodiosa y agradable. Concebía la creación artística como una batalla contra el caos, su lucha contra el lienzo en blanco para crear de la nada algo con sentido. De ahí que sus cuadros sean un continuo choque de colores con música disonante, un conjunto de sonidos casi desagradables que se perciben con tensión, como si desafinaran.

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5. Espacio

Por último, para ‘leer’ un cuadro abstracto de Kandinsky hay que fijarse en qué lado hay más elementos. Según él, la derecha es para nuestra mente el entorno cómodo de lo cotidiano, lo seguro y conocido. Por tanto, lo que aparece a ese lado resulta más pesado y perezoso, el ritmo es más lento y la música suena relajada.

Por contra, cuando nos movemos hacia la izquierda nos estamos alejando de lo confortable para iniciar una aventura hacia lo desconocido, así que lo que vemos en esa parte del cuadro resulta ágil, ligero y transmite sensación de libertad. Siguiendo esta teoría, Kandinsky suele colocar a la derecha formas tranquilas (como un gran círculo) y colores lentos (el azul) para reforzar la sensación de comodidad de ese lado. La izquierda sería el territorio del espontáneo amarillo, los valientes triángulos y el ritmo frenético que marcan las líneas en diagonal o vertical.

Para acabar, hay una última norma a la hora de ponerse delante de un Kandinsky abstracto: no pensar demasiado. A pesar de todas las normas que estableció para su lenguaje, lo más importante es dejar que lo que vemos vaya despertándonos sensaciones: «Pregúntese, si quiere, a sí mismo si la obra le ha transportado a un mundo que antes no conocía. Si es así, ¿qué más puede pedir?»

por Pablo Ortiz de Zárate

Fuente: El Diario Montañés

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